Las siguientes líneas se corresponden con la época de mayor inspiración del autor. Desde la publicación de las mismas en los volúmenes de las primeras ediciones difundidas en los países hispano hablantes, esta época se conocerá como el tiempo dorado del artista. Tal vez debamos atribuir lo profuso y caudaloso de su prosa a las particulares circunstancias personales en las que se vio involucrado al tiempo de escribir por ejemplo:

¿Cuánto se tarda en vivir un sueño? ¿Cuánto tiempo transcurre desde que sentimos esa ausencia de masa que sienten los que vuelan? ¿Por cuánto tiempo levitan aquéllos que con sólo esforzar el corazón logran despegar los pies del suelo, sin que medie la más mínima fuerza de reacción, como la que burocráticamente demanda la ciencia para invadir el espacio? Por más tranquilo, plácido y prolongado que sea el descanso, el sueño nunca durará lo necesario. Siempre hará falta más, nunca habremos volado lo suficiente, jamás habremos conocido todo lo que deseábamos conocer. Y, si por algún motivo llegamos al lugar ansiado y abrazamos, al tiempo, a ese ser que sólo nos es propio en los sueños, la ambición de los que sueñan nos hará querer más. Porque con todo lo bueno que conlleva permitirnos soñar también nos sometemos a que no hay límites para hacerlo. Porque todas las reglas, límites y requisitos que imponen la realidad y sus defensores no son impuestos, válidos o necesarios cuando los ojos festejan bajo los párpados con la música de la libertad, la fantasía o la utopía. Por absoluta e impune responsabilidad de esa ausencia de fronteras siempre despertaremos ates de terminar de soñar, y, en definitiva el ensueño habrá durado tan poco que al despertar sentiremos esa preciosa mezcla de satisfacción por lo disfrutado y de falta de saciedad por lo que nos quedó por gozar. Pero es esta última insatisfacción la que puede llevar a dar media vuelta en el lecho y soñar un poco más, tal vez con la esperanza de retomar donde el último ensueño culminó.