Muchas veces pienso que la gente que no tiene la capacidad de ver con sus ojos puede percibir mucho más que quienes usamos aquéllos para ver. Es que a veces tengo la impresión de que la forma de vida actual, tan orientada a la cultura y culto de la imagen, nos ha populado tanto la mente de estereotipos, preconceptos y prejuicios que somos incapaces de percibir en su totalidad la esencia de una persona. Cada vez que conocemos a alguien, esa primera vez que vemos a otro ser humano nuestros ojos envían a nuestro cerebro una gran carga de información basada simplemente en la forma en la que esa persona viste, su aspecto físico general y la manera de moverse. Esto no debería ser un problema sino fuera porque dicho proceso condiciona inicialmente lo que podemos apreciar de la persona. Voy a ser grosero con los ejemplos, pero probablemente no valoremos tanto la opinión de un adolescente como la de un catedrático en una conferencia, ni esperemos escuchar los mejores consejos sobre tecnología de una joven y hermosa mujer, ni creamos al principio los consejos románticos del beodo más popular del bar... Y sin embargo es probable que la basta y desafortunada experiencia en el amor de este último sea la que lo lleve a predicar su discurso usando la barra como estrado y algo un poco más fuerte que un vaso de agua como lubricante para su garganta. Con el tiempo, en un segundo encuentro o pasado un rato de comunicación, lo que sale de la boca del hablante se empieza a depurar de lo que agrega la mente del oyente y muchas veces, afortunadamente, se puede conocer a la persona por lo que es y no por lo que aparenta ser. Pero esa situación no representa el peor caso. Hay circunstancias en las que nunca podemos liberar el discurso de un número importante de juicios y conceptos que sólo fueron sumados por lo que vimos. Hay un ruido en la interpretación y muchas veces no alcanzamos el nivel de comunicación que permite a tanto emisor como receptor vincularse más allá de las palabras. Por último, un número demasiado grande de ocasiones, nuestros prejuicios se transforman literalmente en perjuicios, cuando perdemos la oportunidad de conocer a alguien más, simplemente porque juzgamos pobre, inexacto o incorrecto lo que nos pudiera compartir. Recuerdo que de joven descubrí que hasta de la boca de la persona menos esperada pueden salir palabras de sabiduría o edificación. Como de muy chico mi padre me enseñó a escuchar y recordar, muchas veces me pasó que las palabras que escuché algún lustro atrás fueron fortaleza o confort en una situación que me acucia unos años después. Sólo por eso, no conocer un ser humano más, ni disfrutar de su compañía es una pérdida bastante importante. Y no sólo desaprovechamos lo que podemos aprender, también damos por tierra con la oportunidad de ser de ayuda, de decir algo reconfortante a alguien que pueda necesitarlo o mejor aún simplemente estar ahí para escuchar. Los escenarios planteados representan un alto precio a pagar en nuestras vidas por no traspasar esa barrera, irónicamente invisible, que nos imponen nuestros ojos. Por eso, como cuando las lágrimas desbordan por nuestras mejillas, muchas veces hace falta cerrar muy fuerte los ojos, para ver mejor...