Y soñó que ella llegaba a ese lugar a donde todos los caminos no van,
pero se encuentran las luces, las de la torre y las de los ojos de extraños,
que dejan de serlo, porque son semejantes al menos, en eso.
Porque nadie está realmente sólo en esa ciudad. Nadie puede estarlo.
Simplemente porque siempre alguien atraviesa el puente de las artes.
Y la Luna se fija en el río para ver si está tan bonita como lo ameritan
las estrellas que brillan en el eco de la torre, cada hora.
Y el campo de la guerra, no lo es más. Marte deja de ser aguerrido,
y abraza a Venus. Y ella deja de ser altanera y se deja abrazar.
Porque está fresco en los Elíseos y es especial la oportunidad,
para tener frío, para buscar calidez y ternura en la piel de quien,
no puede abrazar, pero lo desea con toda la fuerza del corazón.
Un corazón partido, que late una vez en el Norte y otra vez en el Sur.
Una vez en el Norte y otra vez en el Sur.
Y recordó las luces y la ciudad. No olvidó todo lo que debió olvidar.
Presenció el perfume de las almas que siempre recorren la ciudad,
que nunca mereció recordar. Y fue la música al nacer el verano.
Y fue la libertad, esa que se dice mucho más de lo que se siente.
Y fue la luz, también y de nuevo, junto con la libertad y la música.
Porque en Julio hace frío, también, donde late el corazón partido.
Pero en el Sur no hay brazos que den calidez ni ternura. Y en el norte,
medio corazón espera, que a la mitad de Julio, pase el calor.
Porque sobran brazos para acariciar la piel que espera en el sur,
y sobran brazos para acariciar la piel que no siente más el frío.
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5 de mayo de 2012
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