No soy de escribir situaciones auto-referenciales, explícitamente al menos. Pero debo admitir que lo acontecido esa noche en Nueva York, una aventura que me llevó a recorrer Manhattan en varios medios de transporte, merece ser relatada. Y tal vez ayudada y sustentada, por primera vez en este espacio, con material fotográfico.
Todo empezó en Times Square. Había estado paseando, en soledad (es raro cómo uno puede estar consciente de su soledad mientras miles de personas se tropiezan con tu anatomía) por ese interesante sector de la Gran Manzana.
De repente, tuve hambre lo cual suele acontecer naturalmente después de caminar horas por una ciudad que te muestra cosas nuevas e incomparables a cada instante.
La disyuntiva estaba en comer o no en la zona de Times Square. La diferencia radicaba particularmente en las decenas de dólares extra que separaban un buen hot-dog en una zona periférica, de una comida nutritiva en los restaurantes "paquetes" de Times Square.
A esta altura ya se sentía la abstinencia de la tarjeta corporativa (cuando uno viaja por negocios o entrenamiento es la compañía la que paga la comida, cuando uno está de vacaciones después de un viaje de negocios se sufre el cambio de origen de los fondos que pagan el sustento alimenticio).
Pero bueno, de algo hay que morir y me decidí por comer en uno de los Ristorantes italianos más lindos de la zona, a media cuadra del cartel luminoso del edificio de Nasdaq, en Times Square...
Una vez dentro del lugar, tocaba esperar a que se desocupara una mesa, así que acá estamos...
Hay que ser honestos y reconocer que el lugar estaba bastante bueno. La elaboración era a la vista y con suficiente paciencia podías ver tu pizza desde el momento en que estaba siendo amasada...
Hasta que es presentada elegantemente en tu mesa...
Lo interesante fue lo que ocurrió al concluir la comida. Sucede que muy tímidamente (y de manera muy sospechosa para mi gusto) la mesera se acercó a mi mesa, con la cuenta en la mano. El diálogo que tuvo lugar en inglés tuvo ribetes hilarantes y su traducción aproximada al español es la siguiente:
Mesera: ¿Estás dispuesto a hacer algo para que te salga más barata la cuenta?
Moi: Me dejé la guitarra en Dallas, y aparte estoy muy verde como para tocar a la gorra...
Mesera: No te hagás el simpático que yo soy apática, como mínimo. Si colaborás te podemos bonificar el vino.
Moi: A, qué piola, si yo no tomo alcohol y me bonifican el vino, ¡pago lo mismo!
Mesera: Bueno, Sprite, cualesquiera bebida de señorita hayas pedido.
Moi: Pero si me bonifican la Sprite, igual pago un fangote de dinero, si con lo que me fajaron fue con la Pizza, ¡que la deben haber salado con oro!
Mesera: ¿Querés la Sprite gratis, o no?
Moi: ¿A quién hay que ajusticiar?
Mesera: Se nos enfermó un delivery y tenemos que entregar una de peperoni a un cliente muy exigente en Harlem.
Moi: ¡Pero qué casualidad! Yo estoy viviendo en Harlem.
Mesera: Si, casualidad...
Moi: No entiendo.
Mesera: Esta es la dirección, y desocupame la mesa que hay gente que tiene hambre.
Tenía mi primera (y única) misión en Nueva York, y una Sprite menos en la zona de Times Square no era mucho, pero era un incentivo.
Lo primero que se me ocurrió fue irme caminando, pero estaba a la altura de la 43th Street y tenía unas cien calles de distancia. Y no es que me diera pereza, sino que temía que la de peperoni llegara fría a destino. Pero no hubo que pensar mucho, la solución apareció ante mis ojos...
Le dije al chofer que venía de Argentina, que la pizza se enfriaba y que si no me hacía la gauchada de acercarme a Harlem (uno de los barrios menos confiables de noche), en una limusina último modelo. Obviamente me dijo que sí...
Pero conocida es mi suerte, por ser de naturaleza cambiante. Y resulta que justo esa noche en la zona de Wall Street había muchísimo tráfico y después de avanzar unas escasas 5 cuadras, le "ordené" al chofer que se detuviera. Y decidí proceder a pie...
La pizza se estaba enfriando y yo no llegaba a destino. Habré cumplimentado 5 calles más de mi travesía, cuando se me ocurrió nuevamente aprovechar de la amabilidad multicultural neoyorquina. Muchachos, ¿me alcanzarían hasta Harlem?
Grata y grande fue mi sorpresa cuando la respuesta, en un tono algo extraño, pero en perfecto español (yo pregunté en Inglés) fue: Sí.
Lo que continuó al sí, me preocupó un poco, reconozco:
- Vení, subite acá, atrás mío, que yo te llevo a donde quieras. Te vas a tener que agarrar fuerte, porque soy rapidísimo. (Sonrisa)
Debe ser que no me gustó mucho el iPad adosado al manubrio de la moto o que el iPhone tan cerca de los frenos me causó inseguridad. Pero le dije:
- No, dejá. Sigo a pata nomás.
Me veo en la obligación moral de declarar que no fue la decisión más acertada. Dado el progreso de la noche y el exceso de actividades, muchos personajes de la zona estaban sufriendo un proceso fisiológico que ponía en actividad sus jugos gástricos, o en otras palabras: Tenían un hambre terrible.
Y mi pizza flameando libremente por New York era muy comparable a una gacela que se pasea frente a un grupo de leonas por la sabana africana.
A continuación una lista gráfica de los personajes que quisieron impedirme por la fuerza el cumplimiento de mi misión:
Bumblebee, que pese a su apariencia tranquila estaba muerto de hambre...
Este amable señor que al último momento se abalanzó sobre mi paquete con formidable y aterradora velocidad...
Este venerable señor, que pese a sus esfuerzos por mantener cerrada la boca y no comerse mi "misión" estuvo a punto de atacarme ferozmente...
Dicen que es de hombres saber pedir ayuda y me di cuenta que era el momento de pedir refuerzos, así que acudí a los NYPD. Al principio pensé que esta gente parada ahí podía llegar a tener más hambre que mis atacantes, pero demostraron una entereza incorruptible, mientras alejaban de mí el peligro...
Sin embargo, el tiempo pasaba y yo no llegaba a destino. Pero una idea, que fue tardía pero bienvenida, se presentó en mi cabeza. ¿Por qué no tomar el metro? Digamos que es algo a considerar tempranamente en una ciudad donde este sistema es tremendamente eficiente...
Muy pronto llegué a la estación correspondiente a la dirección que me entregó la mesera...
Me dispuse a salir de la estación, muy contento por estar tan cerca de cumplir mi cometido...
Me tocaba proceder con la aventura, nuevamente, a pie...
Se me ocurrió usar mis super-poderes y treparme con mis telarañas por la escalera de incendio, pero recordé lo que me dijo mi tío, en su lecho de muerte, que "con un gran poder viene una gran responsabilidad". Pero, principalmente, recordé que no soy Peter Parker...
Más escaleras de incendio neoyorkinas, pero de nuevo, me repetí: "No soy Peter Parker"
No tuve tiempo de deprimirme. Muy pronto llegué al edificio indicado por la dirección...
Les aseguro que pese a que no había leído la numeración en la nota de la mesera, no me asombró para nada la ubicación del destino...
Ya dentro del edificio, me sentía un triunfador. Decidí no tomar el ascensor y subir hasta el sexto piso por las escaleras para festejar...
Mi corazón no cabía en mi pecho al llegar al departamento sexto H del edificio y tocar la puerta...
No tengo registros fotográficos de lo que aconteció a continuación, pero basta con narrar que definitivamente era un cliente exigente, que se quejó de la demora, que osó decir que la pizza estaba fría y para colmo de males no me ofreció propina.
"El cliente siempre tiene la razón" dije para mis adentros, pero me quedó atragantado después de todo lo que pasé, decirle: "Encima que te traigo la pizza volando... A lo sumo habré parado a sacar un par de fotos..."
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17 de noviembre de 2012
























